Los Estantes
Estábamos sentados en la comida el viernes pasado, celebrando el matrimonio civil de Jonathan y Kiara. Ellos viven en Cambridge, Massachusetts y llegaron las dos familias a celebrarlos.
Con la comida acabada y la gente empezando a prepararse para salir, volteé a ver a mi hijo Niko y le dije: deberíamos ir a la Harvard Book Store. Luego surgió la pregunta de ir en ese momento o regresar a la casa de Kiara, que quedaba a quince minutos, y volver más tarde. Niko me miró y dijo: vamos ahorita, porque luego no vamos a ir.
Jonathan, Kiara, Kamille, Niko, Naomi y yo, habíamos estado juntos poco más de un mes antes, tomando un café en Berkeley. Dijimos lo mismo: hay que ir a Moe’s, la librería cerca del campus de la Universidad de California en Berkeley, a ver unos libros. Naomi dijo, ¿por qué no van mejor mañana? Tenemos que seguir limpiando la casa de tu abuela. Tenía razón. Faltaba mucho que hacer. Nunca volvimos a Moe’s. Más bien, fuimos a empacar las quince cajas de libros que tenía mi mamá en su biblioteca particular.
En aquel entonces, le dije a Niko: la otra vez que vengamos, vamos.
Ahora con la cena completa en Cambridge, Niko me miró a los ojos, miró a Naomi, y ella me dijo: vayan.
Caminamos las tres cuadras del restaurante a la librería en pleno febrero, con nieve alrededor. El aire no era fresco ni frío. Era helado, penetrante. Con cada paso, sentía como los pies se me resbalaban un poco al pisar por encima de la nieve. Sentí el frío que entraba por el hueco que quedaba entre mi pantalón y las botas.
En unos pocos minutos, llegamos.
Llevo casi toda mi vida yendo a librerías. Mi papá solía entrar a Moe’s un sábado por la mañana y salir a veces a la hora de la comida, a veces a la hora de la cena. Una vez me llevó en Berkeley a la librería y yo le pregunté: ¿cuánto tiempo vas a estar, papá? Él me dijo: quince minutos. Fue un error grave. Tenía mi reloj. Me senté y vi minuto por minuto hasta que llegaron los quince minutos, y cuando se acabaron le dije: ya pasaron, vámonos.
No me gustaban las librerías. No había libros para niños. No había juguetes. Los estantes parecían edificios, llenos de paredes que llegaban casi al techo de cada sección. En este libropolis me sentía perdido, desamparado, y más que nada aburrido.
Pero ahora, con mi hijo ya grande, entramos a la Harvard Book Store y sentí como si estuviera en casa. Estantes tras estantes de libros, llenos de ideas, llenos de propuestas. Un libro tenía mapas de todas las maneras en que el inglés en Estados Unidos varía, y en los mapas podíamos ver las diferencias entre distintas expresiones en las distintas partes de la nación. Había libros sobre inteligencia artificial, sobre economía, sobre el socialismo, sobre el capitalismo, sobre la educación.
Y luego llegué a la sección de psicología. Y ahí vi mi libro, Mastery.
Había ido el verano antepasado, y había encontrado mi libro y lo firmé. El funcionario le había puesto un sello con las letras “signed by the author.” Este ejemplar no tenía firma. O sea, alguien había comprado el otro y este era nuevo. Pasé al frente. Le dije a uno de los empleados que yo podía firmar el libro. Él me vio, le enseñé mi identificación, abrió el libro, vio mi fotografía, e inmediatamente me trajo varios plumones con los que podría firmar. Y lo firmé.
Volver a ver mi libro en ese estante me recordó lo importante de todos los estantes que he visto en mi vida. Los de mi papá. Los de mi mamá.
Después vi el estante de Kiara en su casa, donde vive con su ahora esposo Jonathan. Me senté en un sillón con Naomi y atrás de ella vi los libros de Jonathan y de Kiara, los libros que los acompañaron a él a convertirse en abogado y a ella a cursar el doctorado.
Me acordé de la historia de cómo nos habíamos conocido en la Universidad de California en Santa Cruz, y cómo a los dos días de conocernos llegó el terremoto de Loma Prieta. Ella estaba en la biblioteca, leyendo, estudiando. De repente los estantes cayeron uno tras otro. Ella mostró con las manos como parecían dominós, cayendo uno tras otro. Contó cómo se había escondido abajo de una mesa para protegerse. Después de unos minutos les dijeron por los parlantes que salieran por encima de los libros. Naomi se subió, pasó por encima de los libros para salir de la biblioteca.
Ahora estaba sentada frente a mí, con estantes llenos de libros detrás de ella. Volteé a ver a Nicolás y vi el libro que él se había comprado.
Al día siguiente fui con Kamille, mi hija menor, a tomar un café. Nos sentamos en la ventana y vimos la nieve caer en Cambridge, la cuna universitaria e intelectual de Estados Unidos. Por la ventana podíamos ver los carros y un pequeño bar al otro lado de la calle.
Hablamos de sus clases, de ideas, de cosas que yo pensaba escribir sobre la universidad, sobre la inteligencia artificial, sobre cómo los estudiantes la usan, cómo el conocimiento ha cambiado.
Pero a pesar de todo lo tecnológico, a pesar de todo lo que avanzan nuestros medios de comunicación, los estantes siguen. Los libros perduran.
Y me acordé, en este viaje, al ver mi libro en ese estante, cómo estos ensayos me han abierto otro mundo. Les agradezco mucho a ustedes por haberme acompañado en este comienzo, en el empezar un nuevo capítulo en lo que es escribir, pensar, reflexionar. Con cada vez que lo leen, con cada comentario, con cada saludo, me siento bendecido de poder expresarme de esta manera.
Nuevamente les digo: muchas gracias.



