Las Llamadas Pararon
La primera vez que pensé en la muerte de mi papá fue cuando menos me lo esperaba. Estábamos en la recepción del entierro de mi suegra Rosa, en septiembre de 2005. En las afueras de San Diego era un día con un cielo azul y una brisa del mar, fresca y cálida a la vez. Toda la familia de Naomi estaba presente, lo que no había ocurrido por mucho tiempo. Los entierros son momentos de mucha reflexión, de tristeza, de lágrimas, pero más que nada de reunión. Ahí sentados en una mesa, mi papá y yo platicábamos como siempre solíamos hacerlo. Mi papá era un experto en la conversación. Rotaba entre comentario profundo, cuento, recuerdo y chiste con tanta fluidez que uno lo seguía sin darse cuenta de que era una clase, el profesor y yo el estudiante. Cuando menos me lo esperé, la clase llegó a su final. Estaba sentado al lado mío cuando me dijo: “Hijo, cuando yo muera, no quiero que lloren. Quiero que digan chistes. Quiero que se rían. Quiero que sea un momento alegre.”
En menos de un año, su deseo sería realidad.
Los Avisos
La segunda vez yo ni la percibí. Fue en marzo del año siguiente, 2006. Estaba hablando con mi papá por teléfono y le pregunté: “¿Cómo estás, papá?” Me dijo: “Bien, bien, pero deja te cuento un chiste.” De chiste a historia, a lección, así fue esa vez. Pero algo no me cuadraba. Sentí algo, pero no sé qué era. Cuando colgué, le dije a Naomi, mi esposa: “Algo tiene mi papá. No sé qué. Oigo algo en su voz.”
La tercera vez fue cuando un día había decidido hacer ejercicio, ponerse en forma otra vez, y me llamó diciéndome que había ido a correr en los escalones de un estadio en el campus de UCLA con un entrenador personal. De repente su corazón había latido muy fuerte, y hasta él se quedó un poco preocupado.
La cuarta vez fue cuando me llamó por teléfono. Íbamos a celebrar el bautizo de mi hija Kamille. Un viernes en la noche me habló por teléfono y yo contesté. Oí la voz de mi papá.
“Tuto, ¿cómo estás?”
“Bien, papá, ¿y tú?”
“Bien, aquí estoy, voy a cenar con tu tío Arturo.” Esta vez no me contó chistes, no me contó historia, no hubo lección. “¿Por qué no me invitaste a ese bautizo? Hicieron todo un plan, pero nunca me diste la invitación.”
Su voz se había vuelto triste, alejada, como si estuviera en otro planeta.
“Ay papá, pues te dijimos hace meses que iba a haber bautizo. Ibas a estar en la Ciudad de México y tenías que trabajar. El lunes Kiara y Nico van para allá a estar contigo. Yolanda se los va a llevar después del bautizo de Kamille.”
“Ya sé, hijo,” me dijo, “pero como quisiera poder acompañarlos.”
“Pues nosotros también, papá. Hasta luego.”
“Adiós, hijo.”
Fue la última vez que hablé con mi papá. No hubo quinta, ni sexta, ni séptima, ni octava llamada. Murió a los dos días y nunca pude hablar con él otra vez.
El Domingo
Al día siguiente, sábado, mi papá volvió a llamar. Yolanda, mi madrastra, contestó y estaba hablando con él.
“No, Guillermo, vamos el lunes. Okay, nos vemos el lunes,” entonces dijo ella y colgó.
Me vio con la cara que siempre veíamos a mi papá: olvidadizo, despistado, distraído.
Pasó otro día y amanecimos con los preparativos para el bautizo de Kamille. Todos nos subimos a varios carros y fuimos en caravana a la iglesia que queda a unos 20 minutos de mi casa. Salimos una hora antes porque queríamos llegar a tiempo.
Cuando íbamos rumbo a la iglesia, llegamos a los rieles del ferrocarril que atraviesan una de las calles principales del suburbio donde vivimos. El tren estaba allí y estábamos estancados. Pasaron tres minutos, cuatro, cinco. Ya cuando íbamos para seis, Naomi me dijo: “Tenemos que llegar. Vamos a llegar tarde.”
Ella sacó el mapa y encontramos otra ruta. Buscamos la manera de salirnos de esa calle, pasar a otra a unas cuadras para llegar a un puente que pasaba por arriba de los rieles. Mientras iba manejando, vi para abajo y me di cuenta de que nos habíamos escapado. El tren era larguísimo. Parecía que nunca se iba a acabar.
Llegamos a la iglesia un poco más tarde pero todavía a tiempo. A Kamille la bautizamos. La vi en su vestido, tan pequeña. Oí el llanto corto cuando le cayó el agua. Vi la luz radiante que entraba por las ventanas.
Sentí la ausencia de mi papá. Todos la sentimos.
Regresamos a la casa a celebrar. Con la recepción casi terminada, la celebración casi finalizada, empezamos a empacar la ropa de los niños que iban con Yolanda al día siguiente por la mañana.
En eso sonó el teléfono.
“Tuto.” Era una voz conocida, Luciano, mi hermano.
“Sí, Luciano, ¿qué pasó?”
“Estoy buscando a mi mamá. ¿Está ahí?”
“Aquí no está en este momento. ¿Por qué?” dije yo.
“Necesito hablar con ella.”
Colgamos, pero no me pareció raro que hablara. Se oía preocupado. Me imaginé que a lo mejor se había peleado con uno de mis hermanos.
La celebración acabada, todos subieron a empezar a empacar, cuando sonó otra vez el teléfono.
“Tuto.” Otra voz conocida. Era mi tía Frieda.
“Sí, tía, ¿cómo está?”
“Estoy bien, pero necesito hablar con Yolanda. Luciano la estaba buscando para hablar con ella.”
“Sí, ya sé, tía. Acaba de hablar y le dije que le hablara por teléfono.”
“Pues sí, él tiene que hablar con Yolanda. Es algo de tu papá.”
“¿Qué, tía? ¿Qué le pasó?”
“Pues es que Luciano te tiene que decir.”
“No, tía, dígame. ¿Qué pasó con mi papá?”
“Murió.”
Me quedé en shock, congelado. Oí las palabras sin entenderlas.
“¿Cómo, mi papá qué?” dije yo. Me imaginé algo inesperado, atropellado o tal vez herido.
“¿En un accidente, tía?”
“No, de un ataque al corazón. Luciano ha de estar contándole a Yolanda la noticia en este momento.”
“Está bien, tía. Voy a ver cómo está. Bueno, adiós.”
En el momento que colgué, oí el llanto más profundo y más fuerte que he oído en mi vida.
La Noche Más Larga
El resto de la noche fue consolar a Yolanda, comprar mi boleto a México, cancelar los boletos de los niños, cambiarlos a Los Ángeles. Yo me puse en el teléfono a arreglar todo. No pensé en todo lo que había ocurrido. No había tiempo, ni energía. En ese momento, el tren se había descarrilado y yo y Naomi llegamos al rescate.
Casi a la medianoche, mi tío Arturo nos habló desde México. Junto con Álvaro y Elia habían ido a identificar el cuerpo. Confirmó que era mi papá, que había muerto.
Nos dijo que le entró horror al ver a su hermano. El cuerpo parecía que lo habían golpeado. Nos dijo que su cara estaba retorcida, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo. Estaba luchando contra la muerte y a punto de perder. Con la lucha perdida, mi tío lo vio vencido, derrotado, destruido.
Y al fin, a las dos de la mañana, Naomi me dijo: “Arturo, te tienes que acostar y descansar un poco.”
Cerré los ojos, me acosté, y cuando menos me di cuenta era la hora de levantarnos e ir al aeropuerto. Estábamos yo con Yolanda en ruta a la Ciudad de México. Ahí nos recibió mi tío Arturo junto con Álvaro y Elia, amigos de Yolanda y mi papá. Ellos le organizaron un velorio de un día para otro.
El Velorio en México
El velorio en la Ciudad de México fue como despertar después de una noche larga de haber pasado de cantina a cantina. Todo quedó borroso. Saludé a todos los amigos de mi papá. Mucha gente que estaba ahí, algunos conocidos, algunos desconocidos. De repente mi teléfono sonaba, llamada tras llamada, diciéndome: “Perdón, nos da tanta tristeza que tu papá haya fallecido.”
Yo contestaba: “Sí, sí, claro que sí, gracias,” sin saber con quién hablaba.
Lo único que recuerdo es que fuimos a un restaurante y nos sentamos a comer. Yo pedí unas enchiladas suizas. Ahí el amigo de mi papá, Raúl, me contó que mi papá se había quejado de que sus piernas no le funcionaban bien. Raúl le dijo que fuera al doctor. No lo hizo.
Descubrí que las personas en el programa donde él era director en la Ciudad de México ese verano se habían dado cuenta de que a mi papá se le olvidaba el horario y el plan. Les preguntaba otra y otra vez para que le confirmaran qué iban a hacer ese día, algo que no había ocurrido antes.
Mi tío Arturo me contó que había cenado esa noche con mi papá el viernes y que había tardado mucho tiempo para bajar. Era exactamente en ese momento que él me había hablado y yo había sido la razón de su retraso. Ahora todo parecía confirmar que no se había sentido bien. Que la voz distante y triste, tal vez había sido señal de enfermedad. El dolor ya venía y no lo pudo expresar.
Vi todas las pistas y cuando las conté con lo que yo había experimentado y sentido en esas llamadas, me di cuenta de que él estaba enfermo y que el ataque del corazón tal vez se podría haber evitado, o al menos la muerte pospuesta.
Cuando yo lo vi en el velorio, lo vi con una sonrisa casi artificial, estirada. No parecía estar en paz.
Los Ángeles
A los dos días volví a Houston a recoger a Naomi, a los niños, y dos días después nos subimos nuevamente a un avión rumbo a Los Ángeles.
Ahí nos tocó un segundo velorio. Y fue en ese momento que les dije la historia de cómo mi papá me había pedido que lo celebráramos. Les dije: “Mi papá no quería que estuviéramos tristes. Me dijo: ‘Quiero que se rían. Quiero que estén contentos.’ Y yo le cumplí su deseo.”
Les conté las historias de cuando era niño y él me llevaba a la escuela. Papá no era gallo, más bien era búho. Se quedaba hasta quién sabe qué horas de la noche leyendo, y en la mañana, a las ocho, que teníamos que salir, muchas veces estaba dormido. Yo solía avisarle a las 7:40 que en 20 minutos nos íbamos, pero tenía que volver otra y otra vez a levantarlo.
En una ocasión, volví a levantarlo y le dije: “Papá, tenemos que irnos.” Se levantó, agarró algo y lo metió a su bolsa, agarró las llaves y fuimos rumbo a la escuela. Íbamos a llegar a tiempo. Ya había calculado más o menos cuánto nos iba a tardar y calculaba que, si llegando a la escuela corría, llegaría a tiempo a mi clase.
Pero de repente soltó —lo que describíamos como el pato Pascual— unos gritos medios roncos que señalaban que estaba enojado.
Y dije: “¿Qué? Ya vamos a llegar.”
“¡La gasolina! Se nos acabó la gasolina,” me dijo.
Y en eso baja, desciende de la autopista, pasa por una luz verde y llega a la gasolinera y se estaciona. Y lo único que traía era su tarjeta de Chevron. La gasolinera era Chevron.
Llenó el tanque y nos fuimos. Pero llegué tarde.
Les dije: “Hasta hoy, nadie cree que esa historia es verdad, pero yo la viví y sí es realidad.”
La segunda historia: en otra ocasión le dije a las 7:40: “Nos vamos en 20 minutos.” ¿Tú crees que se levantó? Nombre, bien dormido. Y luego, cuando me doy cuenta, ya eran las ocho. “¡Vámonos! Ya son las ocho.”
Y de repente se despierta, voltea hacia mí y dice: “Ah, es que estaba soñando que ya habíamos ido en camino a la escuela y que iba manejando.”
Soltaron la carcajada. Mi papá se había levantado temprano, iba a tiempo, pero en sus sueños, no en la realidad.
Después de todo eso, del segundo velorio, pensé en mi papá y pensé en esa tarde cuando estábamos ahí sentados y dije: “Ese deseo, se te cumplió.”
Las Revelaciones
Cuando Yolanda iba caminando a la misa, se encontró al doctor de mi papá que había venido a acompañar a la familia. Le dijo a Yolanda: “No lo creo. Acababa de tomar un examen. Estaba en la mejor forma de su vida.” Había pasado su examen físico con un 10. Y el mismo doctor no se lo imaginaba. Había sido su doctor por más de 10 años.
Cuando hablé con mi tío, que es ortodoncista, me dijo que lo más probable es que había sido una pequeña calcificación que se soltó, y que tiende a pasar con frecuencia. Me contó que a muchas personas les pasa de repente y van directo al doctor y les están destapando las arterias, ese pequeño infarto, casi inmediatamente. Ocurre tan rápido que es una cosa de menos de una hora. Tiene que ser de inmediato.
Me dijo: “De seguro tu papá le pasó eso y no se dio cuenta. Nadie se dio cuenta.”
También nos contaron los funcionarios del programa que mi papá la mañana del domingo había dicho que no se sentía bien, que estaba malo del estómago, y pidió irse más tarde del hotel, pensando que era algo de una enfermedad estomacal o intestinal. Los funcionarios le pidieron al hotel que lo dejaran unas horas más y les dijo que encontraría cómo regresar a Puebla, la sede del programa, por su propia cuenta.
Nunca llegó.
Después, mi hermano Guillermo observó lo que tenía mi papá en su celular. Se dio cuenta de que las últimas llamadas fueron justo antes del bautizo de Kamille. Es como si el tren nos estuviera mandando una señal, el retraso antes del bautizo fuera un aviso, porque mientras a una vida se le daba la bienvenida a la iglesia católica, otra estaba a punto de partir.
Mi hermano Guillermo nunca pudo averiguar a quién le estuvo hablando mi papá. Lo que sí supo es que las llamadas pararon. De repente. Nunca pidió auxilio, ni una llamada a la emergencia, a las urgencias. A nosotros tampoco nos llamó ni a un doctor ni a un médico.
Simplemente pararon.



Mucha emoción al recordar a tu padre, campeón de handball y mexicanote de tomo y lomo