Las Coquinas
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A una cuadra de la casa de mi tía Conchita, hermana de mi mamá, en Saltillo vivían tres hermanas que eran hijas de un militar. Ellas eran muy bonitas. El papá, pues no tanto. Él solía sentarse afuera con su bastón y tenía un aspecto muy severo. Mis primos y yo platicábamos por horas sobre ellas. La mayor tenía el apodo de Coquina. Así que mi tía les puso, las coquinas. Mis primos y mi tío, siempre se ponían en competencia. Y como siempre, buscaban a quién retar para hacer la próxima tarugada. Yo me aventaba a lo que me pusieran enfrente.
Era la víctima perfecta. Siempre quería encontrar la manera de integrarme al grupo. Y era ingenuo. Mis primos y mi tío me engañaban a cada rato. En una ocasión decidieron ver quién era más macho. Cada uno agarró un chile piquín. El chile piquín parece una bolita roja básica. Al agarrar el chile, cada uno declaró que era macho. Y al final acabaron conmigo. Yo agarré el chile, me lo metí en la boca y lo mordí. El piquín me dio un gran picón. Con la boca ardiendo, acabé tomando agua y comiendo sal mientras se me escurrían las lágrimas por las mejillas. Después descubrí que cada uno se había tragado el chile. Yo, pensando que realmente eran machos, acabé mordiéndolo. Como les dije, fui la víctima de sus travesuras.
Un chile es muy poco a comparación de una niña hermosa. Cuando buscaron nuevamente quién iba a acercarse a las niñas, decidieron que yo sería el emisario. Empezaron con una carta que me había escrito una de ellas, Micaela. La carta me juraba amor eterno. Al leer las palabras hermosas que me había escrito, me quedé en las nubes. Fue en ese momento que decidieron pasar a la segunda fase de su plan nefasto.
Me convencieron de que era necesario confirmar el amor que me tenía. Para lograr tal objetivo, tendría que ir a su casa y preguntarle en persona. Todos nos acercamos a la casa para ver si estaban. Y luego la vieron en la cochera, enfrente de su casa.
—Órale, Arturo, ve y pregúntale si te quiere —me dijo mi tío.
—Sí, Arturo, ve y pregúntale —repitió uno de mis primos.
Ahí me fui, con el corazón palpitando con suma rapidez. Llegué a su casa y, a mitad de la calle, la vi. Y le pregunté:
—¿Micaela, es cierto que me quieres?
En cuanto se movió un poco, vi a su papá sentado con el bastón. El corazón casi se me salió del pecho.
Volteé hacia la casa de mi tía y empecé a correr. Pensé que sería como en los sueños, cuando uno intenta huir y no puede. No fue así. Vi la casa de mi tía y salí disparado.
Con cada paso parecía que avanzaba en carro. Pasé una casa, otra casa, cada una con su reja enfrente de la cochera. Pasé un poste de madera y, cuando me di cuenta, estaba en la casa de mi tía.
En ese momento descubrí que podía correr mucho más rápido de lo que esperaba. En un abrir y cerrar de ojos llegué a la casa de mi tía Conchita. Mis primos me esperaban en la puerta, pero no paré hasta llegar al patio de atrás.
—¿Qué pasó, Arturo?
Les conté todo. Había llegado, le había preguntado y luego el viejo se había aparecido de la nada. No se podían aguantar la risa. Y yo también tuve que reírme. ¡Qué miedo!
A los pocos días, todo mi sueño se haría pedazos. Me dijeron que la carta la habían escrito ellos. Todo había sido una gran farsa para hacerme creer que me quería.
—Qué cabrones son —les dije. Perdón, pero no hay otra palabra para describir lo que me habían hecho.
Mi mamá siempre me decía:
—Ni porque te mande a escuela de paga.
A veces las palabras que aprende uno en la calle describen de una manera más precisa las diabluras que le hacen a uno.



No sabía que habías pasado ese tiempo con muletas y después de un accidente, yo creo que estas historias forjaron tu carácter y empuje
Tuto me sacaste unas carcajadas con tu valentía y el engaño, bien merecidas esas palabras de carretonero que afloraron por el enojo.