La Torre
En julio de 1987 me subí al avión más grande que había visto en mi vida, para tomar el vuelo más largo que había hecho hasta entonces y volar solo a São Paulo. Volar solo, para mí, era algo muy normal. Había pasado los veranos con mi familia en San Luis Potosí, México. Cada verano, desde los seis años de edad, me subía a un avión solo, bajaba en la metrópolis del DF, donde me recogían mi abuela y dos tíos. De ahí tomábamos el camión a San Luis, donde pasaba varios meses jugando en el campo y en la calle, comiendo hotcakes en la Feria Potosina y aprendiendo a usar la resortera de mi tío Luis Enrique: el hermano mayor que nunca tuve, pero que Dios me regaló sin que lo pidiera.
El viaje a Brasil era completamente distinto. El avión era gigante, el trayecto mucho más largo, y el idioma era otro. Mi amor por Brasil había nacido del fútbol, de la música y de la musicalidad del idioma. El portugués era un castellano cantado y melódico, como si tomara todas las vocales y consonantes del idioma y las ablandaran, las suavizaran, para consumo exterior. Donde el castellano mexicano era claro como un río de agua dulce, el portugués brasileño era casi un francés —pero más bonito— con sus erres más largas y ásperas, y sus vocales, a veces nasales y apretadas, y a veces abiertas, en un breve instante español y al siguiente ya no.
Mi sueño se iba a hacer realidad.
Pero luego aterricé.
El verano cálido y semiárido de Los Ángeles se había convertido en un invierno frío y ventoso. El aire que me había acariciado al salir ahora me daba cachetadas, y hasta uno que otro trancazo.
Un grupo de estudiantes viajaba en el mismo avión. Todos pasaríamos un año en Brasil como estudiantes de intercambio. Al salir nos conocimos por primera vez. Empezaríamos con clases de portugués, tanto lingüísticas como históricas y culturales.
Pero antes hacía falta conocer a nuestros anfitriones.
El camino a la escuela de inglés, sobre la Avenida Paulista, me trajo recuerdos del DF. El mismo cielo semiopaco, cargado de contaminación. Las calles llenas de luces que se movían como pirañas en el agua: resplandecientes, brillantes y tóxicas a la vez.
Al llegar a la escuela conocí a Carlos Alberto, o Beto, como le decían en Brasil. Era un hombre un poco más alto que yo, delgado, de cabello castaño claro y piel blanca. Conversamos en el camino en mi portugués: lento, pero deliberado. Al bajar del coche empecé a sentir algo que jamás había sentido antes: una sensación de desesperación. El frío, el viento, un idioma que hablaba con cautela.
Llegamos a su edificio, a un elevador que subía varios pisos. Era limpio, pero no muy moderno, y lento. Piso por piso avanzaba, paso a paso, hasta que por fin llegamos.
Ahí, en lo alto, en pleno atardecer, empezó.
Una soledad profunda.
Los viajes a México habían estado llenos de alegría, de familia, de ruido. Ahora, en el departamento de Carlos Alberto, lejos de todo, lo único que veía eran otros edificios. Las luces empezaban a encenderse mientras la luz del sol, poco a poco, se iba desvaneciendo.
Me fui a dormir abrumado por esa soledad tan intensa. La imagen de una torre en lo alto, lejos de todo y de todos.
Al día siguiente amanecí con la luz de la mañana. Conforme fueron pasando los días, salí a la calle, tomé el camión —no rumbo a San Luis Potosí, sino a la escuela— unos veinte minutos por la Avenida Paulista. Veía los coches, los edificios altos, altísimos. Oía las voces melódicas de los paulistas, un portugués más urbano, más golpeado que el que me había traído a Brasil, pero bonito de todos modos.
Los fines de semana Beto me llevaba con su familia. Su mamá, de origen italiano, me trató como si fuera un sobrino perdido que había vuelto. Me daba de comer. Se reía cuando me fallaba el portugués, corrigiéndome con cariño, como si fuera un pariente argentino que hablaba portuñol.
A los pocos meses me cambié a mi propio departamento en Pinheiros, un barrio más cercano a la Universidad de São Paulo, donde tomaría cursos. Ahí conocí a Carla, una brasileña de clase alta que venía del sur del país. La clase alta brasileña, como muchas élites de Latinoamérica en aquella época, buscaba psicoterapia. Ella era mayor y, como una hermana mayor, empezó a hablarme de una forma de terapia que iba más allá de lo clínico. Me habló de Artur, un amigo suyo que era terapeuta. Me habló de él hasta que un día, por fin, fui a visitarlo.
La primera sesión con Artur fue en un consultorio pequeño, silencioso, lleno de libros. Libros de verdad, no decorativos. Libros usados, subrayados, algunos apilados en el suelo. No recuerdo que me haya hecho muchas preguntas. Recuerdo, más bien, una forma de escuchar que jamás había experimentado. No buscaba síntomas. No buscaba causas. No parecía interesado en arreglarme.
Me pidió que le hablara de São Paulo.
Le hablé del edificio. De la altura. De la soledad.
Me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, guardó silencio. No fue incómodo. Fue denso. Como si ese silencio también estuviera trabajando.
Después dijo algo que, en ese momento, no entendí del todo, pero que con los años se volvió una especie de eje:
—Lo que sientes no es un problema que haya que resolver. Es una forma de existir en el mundo.
Artur me ayudó a ver algo que yo no había podido ver solo: que la soledad que sentía en ese departamento alto de São Paulo no había nacido en Brasil. Brasil solo la había amplificado. La había vuelto visible. La ciudad, inmensa y anónima, no había creado esa sensación; simplemente había dejado de amortiguarla.
Yo había aprendido, desde niño, a moverme entre mundos. Entre casas. Entre idiomas. Entre países. A adaptarme rápido. A leer el ambiente. A no estorbar. A funcionar. Pero en ese departamento, suspendido sobre millones de vidas que no sabían de mí, ya no había ruido que me protegiera de mí mismo.
Artur no me ofreció estrategias para manejar la soledad. No me enseñó técnicas para distraerme de ella. Hizo algo mucho más desconcertante: me invitó a quedarme ahí.
A escucharla.
Empecé a notar cosas que antes no había notado. La música que salía de los departamentos al lado. El ritmo constante de los coches en la Avenida Paulista. La luz de la tarde reflejándose en el concreto. El peso del cuerpo al caminar. La nostalgia que no pedía solución, solo reconocimiento.
Y São Paulo, que me había recibido con cachetadas y soledad, poco a poco dejó de ser una torre.
Se volvió mi casa.


